27 febrero 2010
La mar en mi memoria
Un golpe de mar en las rocas o la nitidez de unas aguas enriscadas. El escozor del salitre en unos hombros quemados al sol o el suave descanso del agua fresca de la mar acariciando la piel caliente. El olor de la arena o del agua estancada en las rocas. La luz cegadora de las calles blancas moteadas de geráneos o la oscuridad de un beso en el rebalaje a media noche. La profundidad de una gruta submarina y su tenue luz bajo el mar o la imagen paisajística desde los acantilados. Sensaciones que se agolpan en mi cabeza diariamente. Mientras, yo sigo enclaustrado, rodeado de tierra por todos sitios, una isla a la inversa. Claustrofóbico sentimiento que me ahoga y me constriñe, que me recuerda mis orígenes marítimos y a los que nunca renunciaré. Allí volveré, a la mar, en cuerpo y alma o como ceniza. Pero la mar no se ha ido, sigue en mi corazón. Alberti que tanto comprendió a la mar le cantó a esa niña con su vestido blanco y la advirtió de la tinta del calamar plasmó como nadie esos sentires tan íntimos. Apenas puedo expresarlos pero siguen en mi cabeza desde hace años. Esa sensación al lanzarme desde el acantilado viendo acercarse el agua y el golpeo de esta en todo mi cuerpo. La presión constante en todo mi ser cuando buceaba, la levedad de el cuerpo de una mujer en el agua, su suavidad y lo salado de sus besos. Los juegos de niño, los juegos con los míos, la imagen de la tierra desde la mar, incluso el sabor distinto de una cerveza, un espeto o unas patatas fritas. El run run de la mar, el balanceo tumbado sobre una barca, el chapoteo sobre la proa, el dulce sabor de la victoria en la pesca o la caza submarina y sobre todo lo mucho mejor que es el momento culmen del amor en la playa, en la noche. Nunca será igual tierra adentro, donde somos islas, que en la costa, nunca será igual.
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